domingo, 20 de noviembre de 2016

Importancia de la pelvis en bioenergética


Los ejercicios pélvicos son especialmente importantes en los talleres de bioenergética. Es importante, en primer lugar, relajar los músculos internos y externos de la pelvis; muchos de nosotros hemos aprendido, sin ser conscientes, a tensar estos grupos de músculos. Estas tensiones impiden y/o limitan en mayor o menor medida la descarga sexual. Pero este no es un tema estrictamente sexual, ya que si nos inhibimos en este terreno, es muy probable que lo hagamos con las situaciones placenteras en general.
En segundo lugar, es importante que tengamos suficientes sensaciones en la pelvis, es decir, estemos cargados energéticamente, para poder sentir algún placer sexual.
Así que habitualmente cuando se quiere trabajar esta zona, combinamos los ejercicios para relajar las tensiones con los que están destinados a  aumentar las sensaciones.
Por otra parte, estos ejercicios, sobre todo los de carga, nos conectan con mayor sentimiento de fuerza y autoafirmación. Este aspecto se trabaja más en las sesiones de terapia, ya que es necesario no sólo la parte física, sino también explorar los contenidos psíquicos relacionados con la falta de seguridad y afirmación. No obstante, siempre tenemos oportunidad de llevar a la consciencia algunos de estos contenidos durante los talleres, ya que se deja un espacio para relacionar lo experimentado físicamente con lo que mueve en los ámbitos emocional y mental.
En este próximo taller, el 25 de noviembre, me voy a centrar especialmente en esta zona, aunque se dedicará un tiempo a las demás zonas del cuerpo, como en todos los talleres.
Este trabajo, visto desde fuera, puede parecerles a algunas personas no relacionado tanto con la psicología como con la actividad física. Pero el organismo es uno solo y tiene cuerpo físico, mente y emociones. Esas tres aspectos del organismo están implicados en todos nuestros procesos. El Análisis Bioenergético lo que plantea de novedoso es que nos ayudemos de la consciencia corporal para aumentar la consciencia de las emociones y los procesos mentales. Los talleres que realizamos están diseñados para enseñarnos a hacer estas conexiones.

sábado, 24 de septiembre de 2016

Las "pautas" en psicoterapia.



    A veces las personas que vienen a la consulta piden que les dé “pautas” de comportamiento para solucionar sus problemas. Yo prefiero ofrecerles ayuda para descubrir sus propias pautas.
   
     La mayoría de las veces tenemos la suficiente inteligencia y formación como para descubrir nuestros modos de actuar más adecuadas y eficaces; lo que nos impide ser conscientes de ellas y ponerlas en práctica es ser el temor a equivocarnos, a ser diferentes y no aceptados, a quedarnos solos, o no haber crecido con la sensación de que nuestros criterios son válidos. 

    Otras veces hay gran confusión en cuanto a las necesidades, gustos y preferencias propios. Algunas personas acuden a la consulta para que alguien, que suponen que lo sabe todo, les diga cuáles son o deberían ser esas necesidades. En ese caso también prefiero ayudar a la persona a conocer más su mundo interno: reconocer sus deseos, sus inclinaciones y contrastar todo eso con sus capacidades reales y limitaciones tanto  internas como externas.

    También puede ocurrir que estemos instalados en una actitud de dependencia, infantil. En este caso creo que lo que se necesita es que te ayuden a ser consciente de esa actitud y buscar tus propios recursos y puntos fuertes. De lo contrario, siempre estaríamos a expensas de alguien que nos guíe. Aquí se podría aprovechar la terapia para desarrollar la sensación de ser capaces de resolver nuestros problemas, que por alguna razón no se desarrolló. Si, por el contrario, se le ofrecen a la persona “soluciones” a sus problemas sin haber sido consciente de este mecanismo en que está atrapada, la reforzaremos en la idea de que ella no es capaz de encontrar sus propios recursos.

    Dar excesivas pautas de comportamiento implica la creencia de que solo hay una forma de encarar las situaciones difíciles, y el psicoterapeuta supuestamente la conoce. Prefiero dejarme sorprender – y que se sorprenda la persona que está en terapia- por esas diferencias individuales que logran soluciones tan creativas y eficaces, y que no están en los manuales.  

    La psicoterapia como yo la entiendo persigue algún tipo de cambio interno, seguido de cambios en la conducta- por haberse comprendido y aflojado los bloqueos que impedían desarrollar esos comportamientos más eficaces-. Si se aconseja a la persona qué hacer con un conflicto se pierde la valiosísima oportunidad de que saque a la luz sus propios recursos, únicos en cada uno de nosotr@s, y que aprenda a ser ella misma con sus peculiaridades. También se corre el riesgo de que cada vez que haya una situación difícil en la vida, tenga que pedir ayuda profesional. Ayudar a la persona a descubrir sus propios recursos puede ser una tarea más larga pero, si está bien planteada, permite que cuando termine la relación terapéutica, la persona continúe su propio desarrollo personal sin ayuda externa.

   

   

domingo, 18 de octubre de 2015

Taller de ejercicios bioenergéticos



 El sábado 24 de octubre habrá taller de ejercicios de bioenergética en el Centro de Terapias Psico-corporales



Guy Tonella (Analista Bioenergético y formador internacional de IIBA-Instituto Internacional de Análisis Bioenergético-) en su libro Análisis Bioenergético (Gaia Ediciones, 1999), página 57, nos dice acerca de la respiración:

"¿Por qué tantas personas tienen tantas dificultades para respirar profunda y cómodamente? Porque la respiración provoca sensaciones y la gente tiene miedo de sentir. Tienen miedo de experimentar su tristeza, su cólera y su miedo. Cuando eran niños, contenían el aliento para retener las lágrimas, bloqueaban los hombros para retener su cólera, cerraban la garganta para no gritar. Cada una de estas maniobras busca limitar y disminuir la respiración. Al convertirse en adultos, continuaron inhibiendo su respiración para seguir manteniendo el rechazo de estos sentimientos. Así pues, la incapacidad de respirar se convierte en el principal obstáculo para recuperar la salud emocional.
    "La fuerte tensión del diafragma y de los músculos abdominales corta literalmente el cuerpo en dos y desconecta las sensaciones de la parte inferior del cuerpo, en especial las sensaciones sexuales de la pelvis. Un pecho henchido de aire que no puede relajarse con la espiración está controlado defensivamente: eso significa "dejarse ir", ceder, abandonarse a sí mismo, algo que puede temerse y ser vivido como una angustiosa pérdida de control.
    "La respiración normal y sana tiene una naturaleza de unidad y totalidad. La inspiración es una oleada de expansión del abdomen hasta la cavidad bucal.
    "La espiración empieza por un descenso por la garganta y el pecho y se prolonga hacia la pelvis como una olada de contracción. La mínima tensión en el cuerpo rompe con el proceso.
    "Cuando la respiración profundiza y el cuerpo está en estado de descanso, aparecen vibraciones invasoras.
    "Las vibraciones pueden ser tan fuertes que el paciente puede tener miedo de desmembrarse. Este miedo a desmembrarse es la contrapartida física del miedo a dejarse ir. En realidad, a través de la vibración del cuerpo, la persona toma conciencia de las poderosas fuerzas que permanecen inmovilizadas en su cuerpo mediante las tensiones musculares y que ahora le dan la sensación de vitalidad plena y un sentimiento de alegría.
    "Respirar es la pulsación básica de todo el organismo (expansión y contracción), y está íntimamente ligada a las experiencias de placer y a la sexualidad. Indirectamente proporciona la energía para la carga sexual, y la potencia del deseo sexual es una función de la carga sexual"

    He introducido este texto de Guy Tonella (tienes una entrevista con él es este blog) porque explica mucho mejor de lo que yo podría hacerlo cuál es el objetivo de los ejercicios de bioenergética.
    









domingo, 3 de mayo de 2015

Análisis Bioenergético: una terapia psicocorporal


Fotografía
Fotografía cedida por Juan Camacho
El Análisis Bioenergético es una terapia psico-corporal desarrollada por el psiquiatra y psicoterapeuta Alexander Lowen, a partir del trabajo de Wilhem Reich, de quien fue discípulo y paciente. Reich enfocó sus investigaciones al análisis del carácter –conjunto de estrategias defensivas que desarrolla la persona para evitar el contacto con impulsos y emociones dolorosas o censuradas-.


El Análisis Bioenergético incluye la comprensión de estas defensas y también el trabajo con la desaparición de las tensiones corporales correspondientes, que se estructuran en el cuerpo, formando una “coraza muscular”. En esta comunicación intentaremos explicar estos conceptos y poner de manifiesto las principales aportaciones de Lowen, además de cómo ha ido evolucionando el Análisis Bioenergético (AB, en lo sucesivo), además de cómo se aplica y se enseña hoy en el IIBA (Instituto Internacional de AB). Se trata de un método psicoterapéutico de validez científica reconocida a nivel europeo (EAP: Asociación de Psicoterapeutas Europea). 
Para explicar qué es la coraza muscular, invito a los lectores de este artículo a hacer este experimento: piensen en algo que suele hacerles reír intensamente, pero propónganse no hacerlo. Fíjense en qué tienen que hacer con los músculos de su cara (tal vez también del cuello y parte alta del pecho, si afinamos). Si por alguna extraña razón tuviéramos que hacer esto de manera constante, seguro que terminaríamos por tener esos músculos contraídos de forma crónica y dejaríamos de ser conscientes de tal contracción. Pues así es como se forma la coraza muscular durante la infancia y la adolescencia: nuestro entorno, de forma deliberada o no, nos induce a reprimir la expresión de algunas emociones o impulsos y, como necesitamos adaptarnos a ese entorno, inhibimos esas expresiones tensando determinados grupos de músculos, al principio voluntariamente, y luego de forma automática, sin conciencia de estarlo haciendo. 
A la coraza muscular corresponden unas defensas psicológicas o caracterológicas: esas emociones e impulsos retenidos en la coraza nos resultan difíciles de tolerar psicológicamente. Así limitamos nuestras vivencias, evitando aquéllas que nos pueden poner en contacto con las emociones que tememos experimentar: de esta manera desarrollamos una estructura de carácter, que tiene una función defensiva (nos defiende de esas emociones e impulsos temidos o dolorosos). Cuanto más rígido se haya hecho ese carácter, menos espontánea y creativa será la persona, más tenderá a repetir situaciones y más predecible será, como si cumpliera un destino. Y esta tendencia compulsiva aparece porque si en la vida se dan experiencias que nos pongan en contacto con emociones que no sabemos manejar, aparece la ansiedad, y nuestro organismo va a evitarla a cualquier precio. Esto ocurre de forma automática, sin que nos demos cuenta. Por ejemplo, una persona que se sintió muy rechazada en un período temprano de la vida, cuando en la actualidad siente que esto puede volver a ocurrirle, huye de esa situación sin dar oportunidad a saber lo que iba a suceder, pues trata de evitar la posibilidad de que esto se repita. Esta persona, posiblemente, tensará los músculos del tórax para limitar su respiración y así no siente el anhelo de contacto, se dirá a sí misma que no lo necesita y evitará conectar con su tristeza (como habría hecho tantas otras veces en el pasado). Por tanto, podemos decir que existe una correspondencia entre el funcionamiento psicológico y las tensiones corporales: las defensas psicológicas (estructura de carácter) tienen su equivalente en las tensiones musculares (coraza muscular), protegiendo a la persona del dolor y la ansiedad. El problema entonces es que el precio supone reducir significativamente nuestras vivencias para mantener a raya la irrupción de algunas emociones e impulsos. 
El AB trabaja con ambos aspectos; el psicológico y el somático, pero lo que lo hace específico diferenciándolo de otros enfoques terapéuticos es el trabajo con el cuerpo. Por una parte, el movimiento, los sentimientos y las experiencias previamente evitados, se reactivan por medio de intervenciones terapéuticas corporales. Esto permite que el material psíquico inconsciente (es decir, esas emociones e impulsos que hemos reprimido a lo largo de la vida) salga a la luz y sea accesible al análisis y elaboración mental. Para este fin, Lowen desarrolló una serie de ejercicios que se proponen en las sesiones de terapia. Con ellos intentamos que la persona tome consciencia de sus tensiones crónicas o coraza muscular, y que las pueda relacionar con los problemas que ahora le afectan en su vida, además de con su trayectoria vital. 
A esta toma de conciencia debe seguir el trabajo de disolver las tensiones musculares, o aflojarlas en gran medida, para poder recuperar la capacidad de experimentar toda la gama de emociones de modo que podamos expresarlas libre y adecuadamente. Para ello, es importante recuperar la motilidad involuntaria del cuerpo –pequeñas vibraciones que se dan en la musculatura-. Se consigue con los ejercicios, técnicas de respiración y técnicas expresivas, todo ello con el acompañamiento y el apoyo del o la especialista en AB, quien sostiene a la persona ante el temor inicial que se produce al vivir experiencias que llevan mucho tiempo (o toda su vida) sin haberse permitido. También es importante este acompañamiento para explorar formas de expresión que no se pudieron desarrollar debido a la coraza muscular. Para lograr estos objetivos, no solo se proponen ejercicios bioenergéticos “clásicos” del AB, también se invita a la persona en terapia a explorar sus propias posturas y movimientos, en la búsqueda de su liberación, adecuándolos a sus peculiares tensiones musculares; esto puede ser muy específico para cada persona y resultar un trabajo en verdad creativo, tanto para la persona como para el o la terapeuta. 
En los comienzos del AB se realizaba un trabajo físico muy intenso, donde se hacía hincapié en la expresión de las emociones retenidas y las grandes descargas de tensión, provocando reacciones a veces explosivas. En la actualidad se tiende a un trabajo más sutil, quizás menos espectacular, pero en el que la comprensión profunda del carácter y sus defensas cobran mayor relevancia; además, se toma mucho más en cuenta lo que ocurre en la relación terapéutica y cómo en ella se puede estar manifestando dicho carácter, tanto en su aspecto somático como en el psíquico. Conviene precisar que en los programas de formación actuales, además de las estructuras de carácter descritas por Lowen, se consideran cada vez más los patrones de apego desarrollados en la primera infancia, que se van a repetir en la situación terapéutica y cuya comprensión es de gran ayuda para todas las personas en tratamiento. 
Por último, me gustaría señalar la importancia de los ejercicios de bioenergética, no sólo en el marco la psicoterapia individual o grupal, sino también como una práctica para cualquier persona que desee aflojar sus tensiones crónicas, tomar más conciencia de sus sensaciones y emociones y sentir más vitalidad. Por lo tanto, no es necesario sentirse en un momento de atasco o falta de salud emocional para acercarse a experimentar con este enfoque. 
Debido a las limitaciones de espacio, sólo pudimos dar unas pinceladas sobre lo que es el AB. En futuros escritos se podrá profundizar en algunos conceptos y se los podrá utilizar para reflexionar sobre algunas de las demandas más frecuentes de las personas que asisten a psicoterapia. 

Ángeles Delgado
Mayo de 2015.

domingo, 11 de enero de 2015

La ansiedad (1)




A lo que hace años se llamaba estar o ser nervioso, ahora se le llama padecer ansiedad o, en otros términos, ser una persona ansiosa. Hablamos entonces de ansiedad generalizada, de trastornos de ansiedad, crisis de pánico… Sin entrar en los distintos subtipos de ansiedad, cuando hablamos de ella nos solemos referir a síntomas como: miedo, desasosiego y preocupación excesivos; también a irritabilidad, dificultad para concentrarse y relajarse, fatiga, problemas del sueño; y también a síntomas físicos como tensión muscular, problemas estomacales, náuseas.

Algunas personas tienen una cierta predisposición genética a padecerla. Otras la han ido generando porque su carácter y experiencias vitales (ambos aspectos se retroalimentan) le han llevado a hacerlo. Haber vivido una infancia con gran inseguridad material o emocional; haber crecido en un ambiente familiar problemático; haber tenido unas figuras de apego excesivamente preocupadas por la salud o con expectativas catastróficas hacia el futuro… Estas y otras situaciones en las primeras etapas de la vida pueden ser causantes de que la persona tenga tendencia a la ansiedad. Pero también se puede generar en la edad adulta, debido a pasar por situaciones largas o repetidas de stress. Todos hemos leído o escuchado cómo a partir de esta gran crisis económica ha aumentado significativamente el número de personas que padecen la maldita ansiedad.

La ansiedad tiene un aspecto psicológico y otro corporal. En el psicológico está esa sensación de sufrimiento, de intranquilidad, de miedo. Por su parte, en el corporal se produce una gran tensión muscular general y en particular en los músculos intercostales; éstos, al estar tan tensos no permiten al diafragma moverse con la respiración. Cuando el diafragma tiene poca movilidad, nos impide la respiración completa y nos deja utilizando solo la parte alta de los pulmones. Esto, a su vez, provoca más tensión general y por tanto más intranquilidad. Este proceso se convierte en un círculo vicioso.Cada vez se da más importancia a las técnicas de respiración como ayuda contra la ansiedad, y así es importante en yoga, en meditación, en la mayoría de técnicas de relajación…

En Análisis Bioenergético también es fundamental el cómo respiramos y, entre otras, la diferencia se establece en que no se busca la relajación directamente, aunque sí es uno de los resultados. En los ejercicios se suele pedir respirar con la boca y tener en cuenta tanto el movimiento del pecho como el del vientre. También es importante el equilibrio carga-descarga; si tomamos mucho aire (carga) y soltamos poco (descarga), crearemos tensión. Si tomamos poco aire –esto ocurre a muchas personas- tendremos poco carga, es decir poca energía. Así que con la inspiración por la boca intentamos cargar el organismo energéticamente, y con la exhalación prolongada, intentamos soltar el exceso de tensión. Por supuesto, no se trata de adoptar este tipo de respiración como habitual. Aquí lo hacemos con una intencionalidad, la de movilizar el organismo energéticamente y poder ser conscientes de más sensaciones. También es deseable que al principio no se hagan estos ejercicios ni este tipo de respiración sin la guía de un profesional.

Al movilizarnos de esta manera, es muy probable que el cuerpo tienda a hacer algún tipo de descarga; puede tratarse de temblores, vibraciones, voz, llanto, risa… Expresiones de impulsos o movimientos espontáneos del cuerpo que habíamos estado reteniendo, tienden a liberarse. Si podemos tolerar y aceptar estas reacciones, y más adelante elaborarlas intelectualmente y darles sentido, notaremos cómo esa ansiedad se va reduciendo y va siendo mucho más tolerable. Esto es así porque en el plano psicológico, la ansiedad se produce cuando hay impulsos, emociones, pensamientos o recuerdos que necesitan salir a la consciencia y expresarse, pero de forma inconsciente no se lo permitimos. Cuando se aflojan las defensas, superamos el temor, y dejamos que fluyan; ya no hay de qué defenderse y por tanto no hay porqué seguir reteniendo. El organismo se queda en paz.

Ángeles Delgado
Enero de 2015.

lunes, 10 de noviembre de 2014

¿hablar, o descargar?



Supongo que todos sin excepción nos hemos encontrado con alguien que habla sin parar, sin tener en cuenta si su interlocutor está interesado en lo que dice, sin importarle repetir las mismas ideas o hechos varias veces. Es como si sacara la ametralladora y empezara a disparar así por las buenas.

Haciendo algo de autocrítica, supongo también que todos nos hemos comportado como habladores compulsivos al menos alguna vez.

Este tipo de comportamiento por lo común va asociado a la ausencia de escucha. La persona parece muy interesada en hablar pero no en recibir ninguna respuesta o aportación. Se trata de monólogos más que de diálogos. Utilizamos la “oreja” del otro, pero no le prestamos la nuestra.

Esto nos puede ocurrir a todas las personas, de forma esporádica; por ejemplo cuando estamos muy preocupados por un asunto determinado. Necesitamos que otros sepan lo que nos ocurre, que nos calmen, que nos comprendan.

Pero algunas personas actúan así casi siempre. Para ellas hablar sin parar es una forma de descargar tensión acumulada. Cuando ocurre esto, el interlocutor o, mejor dicho, el escuchante, se queda con una sensación de carga, como si le hubieran echado algo encima. Y es que lo han hecho. El hablador compulsivo está sobrecargado energéticamente y necesita “evacuar” ese exceso. Pero generalmente esta evacuación no nos descarga realmente, ya que tal vez lo que necesitamos no es hablar sin parar, da igual de qué, sino expresar emociones o satisfacer necesidades o impulsos que estamos reteniendo.

Las terapias psico-corporales nos pueden ayudar mucho en este sentido, ya que no enfocan este problema sólo desde el contenido intelectual, sino también y especialmente desde la necesidad de regulación energética del organismo. Nos enseña a darnos cuenta de cómo retenemos esas emociones e impulsos y cómo éstos, al no tener salida, buscan formas de descargarse que no consiguen este objetivo y además nos pueden alejar de los demás. También nos enseña a abrir las vías de expresión y descarga más adecuadas. Al estar más regulados, ya podemos escuchar a los demás; ya podemos dejar entrar información de ellos, porque hemos hecho sitio dentro de nosotros.

Así, ya no tendremos que sacar la ametralladora y ponernos a disparar toda esa cantidad de balas que teníamos guardadas a presión.

Ángeles Delgado
Noviembre de 2014.

domingo, 7 de septiembre de 2014

Victimismo: ¿una adicción?



    Hoy me gustaría reflexionar sobre las actitudes victimistas, es decir, las de las personas que intentan aparentar siempre ser las más perjudicadas en una situación o grupo, o las menos queridas, las que han sufrido más, las menos tenidas en cuenta, etc.

    Esto a veces se hace como teatro con el objetivo de manipular y conseguir cosas de los demás, despertando en ellos la pena o la culpa, de forma consciente. Pero en otras ocasiones no es sólo una representación, sino que la persona está convencida de que es así: que nadie la considera, la respeta o la tiene en cuenta… y en este caso también se suele usar para obtener ventajas de y sobre los demás, aunque no sea de forma tan consciente.

    Esta actitud también nos sirve para no tomar responsabilidad por nuestra vida. Se puede utilizar como excusa a fin de no hacer los esfuerzos necesarios para superar nuestros fallos o dificultades. Como si el que en algún momento me haya sentido discriminada o perjudicada (sea esto real o imaginario), implicase que ya no puedo hacer nada por mí misma, que ya “me fastidiaron” para siempre. Que tengo derecho a lamentarme y hacer sentir mal al mundo por haber sido cruel conmigo.

    Generalmente es difícil comunicarse con las personas que abusan del victimismo porque no quieren escuchar ninguna opinión que no les reafirme en sus convicciones, por lo cual uno se ve muchas veces dándoles “la razón de los locos” y asintiendo a todo lo que dicen. Cuando alguien cuenta algo malo que le sucedió, a esta persona le ha pasado lo mismo o peor; si se habla de alguna crueldad que se ha cometido con alguien, el victimista multiplica por no sé cuántos lo que le han hecho a él. Para no perder el protagonismo como la persona más desgraciada y peor tratada del mundo, exagera y distorsiona la realidad para que case con esa idea que tiene.

     También suele ocurrir que esta persona idealiza la felicidad y satisfacción de los demás. Cuando alguien logra objetivos, lo puede interpretar como que no le ha costado mucho, ya que ha tenido suerte, y además le han querido y ayudado, es decir, que lo ha tenido fácil, cosa que no le ha pasado a ella. Para reafirmarse enfatiza todas las cosas buenas y facilitadoras que han tenido sus semejantes y pasa por alto las dificultades que también habrán vivido.

    Con tanto hablar de lo mal que te ha tratado la vida, tanto quejarse de que el mundo te debe algo, casi nadie se siente cómodo. Así ocurre que la persona se siente incomprendida y, por ende, rechazada. O sea, termina “consiguiendo” que en realidad se la discrimine y evite, con lo cual alimenta esos mismos argumentos para seguir quejándose de lo mal que la tratan. Ahí se cierra el círculo vicioso, del que es muy difícil salir.

    Difícil, porque este comportamiento, al igual que ocurre con otras adicciones, “engancha”. La persona prueba un efecto agradable de entrada (los demás la compadecen, puede sentir que no ha hecho nada mal, ha sido el mundo cruel el que le hace sentir así: consigue su objetivo, esto es, protagonismo…). Pero ese efecto no dura mucho tiempo, ya que los demás se cansan de oír siempre la misma retahíla y no les gusta que de alguna manera se les haga sentir responsables del malestar de otro. Además, este alivio momentáneo no hace que desaparezca esa insatisfacción general que experimenta el victimista. Entonces, al igual que con el tabaco, el alcohol o cualquier otra sustancia adictiva, se va a por una dosis mayor con la vana esperanza de volver a conseguir el efecto deseado… y lo que se consigue ya sabemos que es el espejismo de siempre.

    ¿Cómo se puede salir de ahí? Supongo que lo primero, como se ha dicho en relación a otras actitudes, es reconocer que estamos atrapados en el victimismo. Lo siguiente, revisar cuáles de nuestras quejas tienen una base real y cuáles son fantasía o simplemente una exageración de la realidad. También iría bien una mirada a nuestro alrededor en un intento de ser objetivos en cuanto a los padecimientos y problemas de otras personas.

    Como pasa con las adicciones en general, vendría bien permanecer una temporada sin usar este comportamiento para que nuestro organismo “aprenda” a vivir y relacionarse de otra forma; el tiempo suficiente para que experimente que se está mejor sintiéndose como una persona como otra cualquiera, a la que le han pasado cosas buenas y malas, a la que a veces se ha tratado bien y otras mal. Y es que, incluso aunque te hayan ocurrido cosas peores que a la mayoría, algún día tendrá que terminar el dolor, tendrán que cicatrizar las heridas, y habrá que encarar la vida. Algún día tendremos que hacernos responsables de que empiecen a pasarnos cosas mejores; ganaremos más si empleamos nuestras energías y nuestro tiempo en esto, que en quejarnos y crear un ambiente de negatividad que inunda todo nuestro entorno.

Ángeles Delgado,
Septiembre de 2014.

   

    

domingo, 1 de junio de 2014

Aceptarse no es resignarse.




En psicoterapia se habla a menudo de la necesidad de aceptarnos para poder cambiar. Así, sin pensar mucho, parece contradictorio. ¿Cómo voy a aceptar este comportamiento tan autodestructivo o ese hábito tan feo? ¿Eso no equivale a renunciar a cambiarlo? ¿Me quedo así para siempre, sin hacer nada?

A veces equiparamos aceptación a resignación. En la resignación hay derrota, pesar, impotencia. Es normal que no nos guste. Como no puedo hacer nada con determinada cosa o situación, me resigno, me aguanto, me fastidio. En la aceptación, en cambio, de lo que se trata es de reconocer que algo es como es y, además, de no condenarlo. Con no condenarlo no me refiero a no reconocer que me gustaría y vendría mejor que fuera de otra forma, sino a mirarlo sin juicio moral, con cierta distancia. Por supuesto, no estoy hablando de que ese comportamiento sea dañar deliberadamente a los demás. Eso sí es condenable.

Vamos con un ejemplo: una persona que se siente “insegura”, necesita que los demás le reafirmen constantemente, no se fía de su criterio. La persona piensa que esta manera de ser es inaceptable y tiene que cambiarla ya. Cada vez que “comete” un acto de inseguridad, se enfada consigo misma, se recuerda todas las otras veces que ha funcionado así, se echa un sermón que la deja totalmente desmoralizada; hasta puede que para enmendarlo, haga algo de manera forzada y sin mucha reflexión, que demuestre que ya no es insegura, que tal vez hasta empeore el resultado.

La persona se está “obligando” a ser segura, como si eso fuera cuestión de voluntad. Le sucede que como la inseguridad le resulta tan inaceptable, no tolera sentirla y ser consciente de ella ni un momento. Necesita pelearse a sí misma o actuar sin mucho sentido para no entrar en contacto con la sensación de inseguridad y de necesidad de que otros le den apoyo.

Vamos a imaginar qué pasaría si a esa persona le propusiéramos que pensase por un momento que esa característica suya no es un defecto tan terrible, que puede que hasta tenga una explicación; que tal vez fue una defensa que tuvo que desarrollar en algún momento de su vida para sobrevivir y que no tiene culpa ninguna por ello. Continuaríamos sugiriéndole que cuando lo sienta, no se escape de la sensación inmediatamente, sino que se quede un poco en contacto con ella, para que pueda conocer de qué va, de qué emociones y sensaciones está hecha; como estudiándolo. Al principio, posiblemente no le haría mucha gracia, pero tal vez más adelante, cuando vaya entendiéndose un poco y viéndole sentido a su forma de ser y sentir, podría dejar de estarse reprochando y forzando a actuar. A lo mejor, hasta le podría resultar “entretenido” aprender tantas cosas acerca de sí misma. En ese momento estaría aceptando esa dificultad suya que tanto quebradero de cabeza le había dado en otros momentos.

Así que el estarlo aceptando no la llevaría a resignarse a quedarse tan insegura toda la vida. Al contrario: al estar aprendiendo cómo funciona, también podrá ver qué herramientas podría adquirir o desarrollar más para que la inseguridad no la paralice tanto o la haga tan dependiente de los demás. Verá de qué manera se detuvo su desarrollo en ese aspecto y buscará los caminos que en otros tiempos no encontró o no le mostraron. Podrá irse ejercitando poco a poco, experimentando y arriesgándose a veces a equivocarse. Pero eso lo puede hacer porque “acepta” que la inseguridad está, y partiendo de ahí puede hacer algo con ella. Con lo que “no debería estar” no se puede hacer más que pelear y, tal vez, empeorarlo.

Dicho de una forma quizás demasiado simple, esto es que intentamos hacer muchos psicoterapeutas: animar a la persona a que conozca y comprenda sus dificultades sin condenarlas de antemano; intentar que desarrolle habilidades para compensarlas de alguna manera; y sobre todo a que tome una actitud de aprender lo que necesita en lugar de reprocharse y descalificarse por no saber hacerlo todavía.

Ángeles Delgado.
Junio de 2014.

domingo, 11 de mayo de 2014

¿Relacionarnos, o sufrirnos?



    ¿Cuándo relacionarse es una fuente de placer y crecimiento y cuándo es un desgaste personal para todos los implicados? Me centraré en intentar reflexionar sobre la segunda opción, ya que si estamos en la primera, lo único que hay que hacer es seguir disfrutándola.
    Una de las formas en que conseguimos que las relaciones sean un sufrimiento garantizado es empeñarnos en que la otra persona sea lo que no es. Vemos que tiene ciertas características, pero nos apetece que tenga otras. Tenemos dos caminos: aceptar al otro u otra como es, valorando aquéllos aspectos que sí nos satisfacen o, si esto no es posible o deseable, alejarnos o colocarlo en otro lugar más cómodo en nuestra vida… y seguir buscando personas más adecuadas para nosotros.
    Esto parece sensato y hasta que “se cae de maduro”. Pero a veces optamos por una tercera vía: ir a las cruzadas a “evangelizar infieles”: intentar convertir a otras personas en algo que ellas no quieren o no pueden ser. Intentar que los otros sean lo que uno tiene en la cabeza que “deberían” y no aceptarlos como realmente son. Parece una cosa tonta, estando el mundo tan superpoblado como lo está, que en vez de buscar a personas más afines a nosotras, nos dediquemos a intentar cambiar a otras sin siquiera pedirles permiso o preguntarles si tienen algún interés en cambiar.
    Puede haber varias razones para que actuemos así. Una es el miedo a no encontrar a nadie más que nos quiera o tenga en cuenta. Otra muy común es que en el fondo no busquemos a seres reales, sino a ideales que tenemos en la cabeza y que, como no existen, tenemos que “fabricarlas”. Ahí detrás puede estar la fantasía –a veces no consciente- de que vamos a encontrar a alguien que colmará todos nuestros deseos y nos convencemos de que determinada persona es así, aunque ésta todavía no lo sepa. Sabemos más de la persona nosotros que ella misma. ¡Cuánta inteligencia tenemos! Está claro que en este caso no estamos mirando a quien tenemos enfrente, sino a una proyección de nuestros deseos y quizás hasta lo consideramos de nuestra propiedad.
    Para intentar convertir a la persona en lo que queremos que sea, casi siempre nos valemos de la manipulación. Así, procuramos que sienta que el cambio que le imponemos es el que ella o él necesita; que la forma como es ahora es incorrecta y le salvaremos de ese error.
    Esta manera de relacionarnos la usamos mucho los adultos, pero evolutivamente corresponde a la primera infancia; en esa etapa no podemos percibir a los otros como son, ya que nuestras necesidades son tan apremiantes, y somos tan dependientes a la hora de satisfacerlas, que tenemos que percibir a las personas en base a lo que necesitamos de ellas. Para esto, les atribuimos unas características que concuerden con lo que esperamos que nos den. Y nos frustramos cada vez que comprobamos que la persona no “funciona” como debiera.
    Si esa frustración ha sido más o menos tolerable, la niña y el niño pueden ir aceptando que a veces los demás no les pueden complacer de forma absoluta. Con el tiempo y la maduración, aceptan que sólo encontrarán satisfacciones parciales por parte de otras personas; tendrán que ir buscando lo que necesitan en diferentes contextos e incluso renunciar a algunos deseos o satisfacerlos por sí mismos. De esta manera, sin embargo, van consiguiendo cubrir sus necesidades afectivas de una manera suficiente para sentirse bien.
    Pero cuando no se ha podido tolerar la frustración por lo que no se nos dio, es posible que nos quedemos toda la vida soñando con alguien que nos satisfaga de forma absoluta, sin tener que volver a sentirnos en estado de carencia. Y probablemente empecemos a actuar como decíamos al principio: negándonos a reconocer lo evidente cuando alguien no es esa persona ideal y dándonos de cabezazos contra un muro una y mil veces por no poder aceptar la realidad. Eso sin contar con que también a los otros les fastidiamos un tanto la vida.
    Esto que al principio planteé como una actitud algo tonta o simplemente molesta, ahora aparece como un asunto más dramático. Las personas no hacen, o hacemos, esto por fastidiar –aunque, de hecho, fastidiemos-, sino porque no aprendimos a hacer otra cosa. Sólo se puede salir de ahí siendo conscientes de cómo estamos funcionando realmente, sin engañarnos pensando que esa persona “perfecta” para nosotros existe y sólo tenemos que encontrarla o “fabricarla”, siempre por su propio bien, claro. Necesitamos darnos cuenta de que tenemos que aprender a vivir con la frustración, así que habrá que trabajar duro en aumentar nuestra  tolerancia. A veces se puede resolver esto por uno mismo, pero muchas otras será necesario buscar a un profesional, que podrá ayudar casi siempre, ya que este es un tema muy común que traen las personas a terapia.
    Después de hacer este trabajo podremos sorprendernos de lo satisfactorias que pueden ser las relaciones, por paradójico que parezca, cuando dejamos de esperar tanto de ellas. Y también nos podremos sorprender de que vale la pena pedirle al otro que cambie alguna cosa y permitirle que nos pida cambiar algo, pero desde la aceptación y el respeto, siempre que se considere deseable por ambas partes.

Ángeles Delgado,
mayo de 2014.

domingo, 20 de abril de 2014

Taller de bioenergética abril 2014


    







Habrá taller de ejercicios de bioenergética el viernes 25 de abril de 19:15 a 20:00 horas en el CENTRO DE TERAPIAS PSICO-CORPORALES, en la calle Calderón de la Barca, nº 6 (Edificio América), bloque F, local 1. Confirma: 922 213 046; 637 958 347.

Durante la sesión, pondré especial énfasis en la importancia que tiene en los ejercicios aumentar la carga energética de nuestro organismo, con el consecuente aumento de la sensación y la emoción.
Un cuerpo con baja carga energética nos hace sentir poco vitales y con mínima capacidad para el placer y el trabajo, con escasa motivación general para la vida.
Profundizaremos la respiración y además de practicar varios ejercicios de carga y de descarga (imprescindible equilibrar ambos procesos), indicaré cómo continuar este trabajo en casa, ya que es necesaria la práctica regular para que podamos notar cambios a largo plazo.
Puedes leer más en Ejercicios de bioenergética.

sábado, 5 de abril de 2014

LAS EMOCIONES: EL SENTIDO DE SENTIR





Edith Liberman es Psicóloga social y Psicoterapeuta en Análisis Bioenergético.

Formadora y supervisora de Psicoterapeutas del International Institute for Bioenergetic Analysis (IIBA). 
Trabaja en Madrid desde 1990.   
Más información en http://www.bioenergetica.es






LAS EMOCIONES: EL SENTIDO DE SENTIR - Edith Liberman
“Todo conocimiento comienza por los sentimientos” Leonardo Da Vinci



Las emociones son la música de fondo de nuestra vida. Desde que nos despertamos hasta que nos dormimos estamos percibiendo lo que ocurre a nuestro alrededor y esa información de los sentidos es procesada por nuestro cerebro junto a las emociones activadas por esa percepción. Por lo tanto, las emociones son, en primer lugar, nuestra herramienta básica de orientación en la realidad. Sin ellas, sencillamente, no podríamos diferenciar un terremoto de una noche de juerga.

Las emociones forman parte de nuestro patrimonio genético para la supervivencia de nuestra especie. El miedo, por ejemplo, es la emoción que nos informa del peligro y evita que metamos por segunda vez los dedos en el enchufe ya que la primera descarga fue suficiente para que asociemos esta acción con una sensación dolorosa.

Cada experiencia de la vida tiene un componente emocional así como de imágenes, de palabras, de olores, de sensaciones. La emoción es lo que le da una cualidad especial a cada experiencia, un tono sin el cual la vida no tendría, simplemente sentido. Ya que lo que le da sentido, valga la redundancia, es lo que sentimos en cada momento.

Es evidente la importancia de la intensidad con que experimentamos las emociones, ya que el exceso nos impide pensar y nos lleva a actuar de un modo irracional y la falta de emoción priva a nuestra conducta de un contenido esencial para acertar en la acción. La regulación emocional, que nos permite equilibrar los componentes racionales y emocionales en nuestra manera de actuar, es una parte básica de la formación del carácter que se desarrolla en la infancia y sigue evolucionando toda la vida.

Nuestro entorno cultural tiende a idealizar y valorar en exceso la frialdad, un cierto hipercontrol de las emociones, un cierto desprecio hacia el sentir. Tendemos a considerar débiles a las personas que manifiestan sus emociones y en la vida cotidiana hay poco lugar para reconocer lo que se siente y nos volcamos fundamentalmente en la acción.

Esa ignorancia de lo sentido, el enfriamiento en las relaciones interpersonales, la falta de comunicación emocional en la familia, genera la creación de “analfabetos” emocionales. Pero esa represión, lejos de favorecer la regulación, promueve las irrupciones emocionales menos controladas. Las actuaciones iracundas, los ataques de pánico, la banalización de la violencia, las diferentes formas de acoso, por ejemplo, son evidencias de distintas alteraciones emocionales cuyo origen está en la incapacidad para identificar y gestionar las emociones.

Hace ya tiempo, Sócrates aconsejaba a sus discípulos “conócete a ti mismo”. Y en eso estamos. Sócrates se refería a identificar nuestras emociones, nuestros sentimientos, como el primer paso necesario para modular nuestra conducta. Si no reconocemos nuestras emociones cuando tienen una intensidad manejable, acabarán inundándonos. Como indica la propia palabra, toda e-moción es un impulso para la acción. Y lo es de un modo fisiológico ya que cada emoción prepara al cuerpo para una respuesta física.

Cuando sentimos miedo inicialmente quedamos paralizados, la respiración se detiene por un momento, los ojos se abren, se desata la alerta, ya que se trata de una anticipación de amenaza. A continuación, el estado de alerta genera una reacción hormonal que provee recursos energéticos adicionales para una respuesta de huida o de lucha: aumento del ritmo cardíaco, aumento de la presión arterial, desvío del flujo sanguíneo hacia los músculos, etc.

De igual modo cada emoción tiene un correlato fisiológico, la ira dispara también la respiración y el flujo sanguíneo mientras la tristeza los reduce, el asco promueve el distanciamiento del objeto que lo provoca, la vergüenza el rubor, por dilatación de los vasos capilares y así de seguido.

Las emociones surgen de un modo automático, inconsciente, como sensaciones corporales por asociación de una situación presente con situaciones pasadas. Si las sentimos de un modo consciente, podemos analizar lo presente y decidir si de verdad la semejanza es tal y valorar cómo tenemos que actuar. Si tuvimos un accidente de tráfico, es posible que sintamos miedo al volver a subir al coche la siguiente vez. Pero lo lógico no es dejarnos llevar por la emoción, sino echar mano de nuestra capacidad de tranquilizarnos ya que sabemos que se ha tratado de un hecho puntual y el miedo se disipará poco a poco. De igual modo, cada vez que nos enfadamos no nos liamos a tortas o nos enzarzamos en una discusión. Buscamos una estrategia que permita derivar la situación para que no nos perjudique.

El verdadero control de las emociones no consiste en no sentir, sino en reconocer lo que se siente y utilizar la razón para encontrar la respuesta más eficaz en cada momento. Daniel Goleman inicia su libro “La inteligencia emocional” con una cita de Aristóteles que no puede ser más clara: “Cualquiera puede enfadarse, eso es algo muy sencillo. Pero enfadarse con la persona adecuada, en el grado exacto, en el momento oportuno, con el propósito justo y del modo correcto, eso, ciertamente, no resulta tan sencillo”.

“Los pensamientos son las sombras de nuestros sentimientos”. Friedrich Nietzsche

“Si eres paciente en un momento de ira, escaparás a cien días de tristeza”. Proverbio chino

“Cuando hables, procura que tus palabras sean mejores que el silencio”. Proverbio hindú.

“Más vale parecer un idiota con la boca cerrada, que abrir la boca y disipar toda duda". Anónimo.